martes, 26 de julio de 2011

"AÑO CERO"

Nací un cuatro de Junio, con seis días de retraso, a los 0 años de edad. Pues sí, bien podría haber nacido ya con 14 o 15 años para así haber evitado ser bautizado y hacer la comunión. Buf! Siempre recordaré el mismo jodido momento en que la hostia se me  pegaba al paladar y cómo yo empezaba a hacer movimientos extrañísimos con la mandíbula, para intentar despegarlo, no para celebrar ese momento, claro está. Porque pensaba que si eso se me quedaba pegado ahí arriba me formaría una especie de película negra, putrefacta que bien se podía transformar en un tumor mortal. Pues eso, en mitad de mi angustia por quitarlo de ahí para poder tragármela y cagarla después… Porque eso sí, me quedaba la tranquilidad siempre de saber que si al salir de la iglesia me atiborraba a gominolas con mucho azucar glaseado me entraría la diarrea dominical pòst-eucaristica y soltaría aquella pastita insabora. Ahg! Solo el pensar que eso era un trocito del cuerpo de un tal Jesus Cristo (que vaya nombre por cierto, su madre ya le crucificó al nacer) me temblaban las piernas; rezaba después de comérmela (por que yo la masticaba aunque mi abuelo me dijera que eso era pecado) cuando todo el mundo se arrodillaba tras comerse la dichosa galleta y supuestamente rezan, que en realidad esa gente está pensando si será mejor comprarse esa lavadora en la tienda de Jiménez o en la de Quintana, el Exper, de la calle Antequera, ahí al lado del Domingo. En ese momento de reflexión, solo pedía por dios, la virgen, mi madre, el perro de Eulalio y las castañuelas del Pitusa que no tuviera en la boca algún trocito de los genitales del dichoso Jesusito, perdón Jesucristo (que edemás era de Judea, fíjate tu, a saber dónde esté eso). Deseaba con tanta fuerza que eso no pasara que apretaba los ojos con tanta presión que llegaba a llorar. Eso se produce porque se presionan unas glándulas que contienen agua y entonces sale, es como si  llenas un vasito de plástico de los cumpleaños de coca-cola y lo aprietas… pues se sale. Eh… ah, si cuando lloraba por presionar fortuítamente las glándulas esas, mi abuelo se emocionaba.
- Hijo, sigue así, reza siempre así de bien y ya verás como Dios (porque él siempre lo decía con mayúscula) te escuchará y te llevará al paraíso.
¡Joder con el viejo de los cojones! Se quedaba tan pancho aún sabiendo que puede tener un trozo de escroto en su boca o un pelillo del culo que tiene peor uso aún y sabiendo que en esas épocas no se lavaban.
Pero bueno, él era feliz. Y yo más porque me daba 20 duros para gominolas que eran en realidad mi salvadora. ¡Dios salve a Doña Golosina! Lo malo era que por esos 20 duros me veía en la obligación de volver al domingo siguiente.
- En una de estas me llevo un huevo, ya lo veo. Pensaba para mí.
Y todo esto ¿a qué viene? Ya, ya, cuando mi abuelo me veía arrodillado con los ojos en blanco haciendo los mismos movimientos que las serpientes para tragarse un perro, me decía:
- Por Dios, que cualquiera que te vea dirá que eres el hijo de Satán
¿Satán? No sé; será como una de esas vecinas que nadie quiere tener y que todos tenemos y a lo mejor está feo que piensen que puedo ser hijo de alguna de ellas. Pero vamos yo iba mucho a casa de mi abuelo y nunca vi a ninguna vecina haciendo movimientos de constorsionista con la mandíbula, ni tampoco por mi casa, que voy todos los días; pero bueno, él es mayor y sabe más que yo de estas cosas.
La verdad es que siempre he deseado que a mi abuelo le entrara una especie de “Chungo” (esto es lo que yo deseaba con mayúscula) en el momento de conmulgar, bueno así dicho puede sonar violento, en realidad solo pedía que se meara encima o que se le saliera la dentadura, algo así de “chungo” con tal de irme de allí. Nunca odié tanto una copa de oro, fíjate, con lo señorito que soy yo.
Uy, creo que he empezado muy deprisa. Retomo.
Nací un cuatro de junio del año 1987. Mil… novecientos… ochenta… y siete. Hasta hace poco pensaba que esos eran los años que yo había estado dentro de la barriga de mi madre. Recuerdo que al cumplir cinco años, bueno recuerda mi madre que dije (yo soy de corta memoria) :
-¡ Mamá aquí faltan 1987 velas!
Siempre pensaba esto, y que mi madre había estado 1958 años en la de mi abuela. Y entonces yo habría estado en la barriga de mi madre que a su vez estuvo en la de mi abuela, que a la vez estuvo en la de mi bisabuela y a su vez en la de mi tatarabuela y a su vez en la de mi tatara- tatarabuela y así hasta el año cero, que fue cuando en realidad todos nacimos. Y fue maravilloso cuando supe, por esta regla de tres, que estuve en la barriga de Cleopatra y de María Magdalena, y de ésta me hizo mucha más ilusión porque es la patrona de mi barrio, de Cachiporro. Ah, y en la de Helena de Troya, y que viajamos todos en familia por los mares griegos. Y aquí llegamos a la causa de porqué no lloré al nacer, estaba mareado, coño. Fíjate tú por dónde, todo tiene su lógica.


Un día en Historia del Arte me enseñaron un cuadro con tres mujeres desnudas y gordas y todos los de clase empezaron a reirse. La profesora explicó que ése era el canon de belleza de la época. Ni canon de belleza ni nada, eran así de gordas porque tenían en su barriga a toda mi familia, la de los vecinos, a la de Hilario el del Penalty, el bar más famoso de mi pueblo… e incluso a la del Dalai Lama, y si encima les pilló recien comidas pues mira tú. Normal que dijera mi abuelo que estaban de muy bien ver, se quitaba las gafas para mirarlas porque él las veía de todas formas. Normal que con 8 años pensara que la población se iba a extinguir, las chicas eran cada vez más delgadas. Y claro, ya cuando nació mi hermano, me quedó claro que si en un año nacían únicamente chicos, la población estaría condenada al desastre. Aunque no se que fue peor si descubrir que en realidad yo no estuve en la barriga de Helena de Troya ni de Maria Magdalena, o que para nacer, mi padre tenía que hacerle cosquillitas a mi madre en el hueco que me tenian preparado para mis primeros nueve meses (según sus cuentas, porque serían 1987 años y nueve meses). Otra cosa que me pregunto es porqué en vez de meterme en ese sitio tan grasiento y oscuro y sin aire acondicionado, no me pusieron directamente en el cuco que me bordó mi abuela y así no tendría que escuchar las quejas de mi madre: - “Tengo la barriga deformada” “ Por tu culpa me he quedado gorda” “Que asco, si tuviera otra vez 28 años, otro gallo cantaría”. Bueno, y a mí qué me cuentas, no me vengas con cuentos de madre amargada por el post-parto, porque nunca entenderé vuestra manía de meternos ahí nueve meses para luego sacarnos más gordos y feos, porque vaya cara que se nos pone ahí dentro. Ya me dirás, nueve meses sin poder cagar… Si te duele al sacarme no te quejes, ni le eches en cara a los hombres que no sabemos qué es parir. Eso de que el padre del tal Jesus Cristo de Judea hizo más lista a la mujer lo he puesto en duda después de haber conocido a fondo estos hechos, y, en definitiva, a mi madre. Que digo yo, es mi madre porque ella lo dice, pero si antes de verla a ella, yo, casualmente, hubiera conocido a otra señora, ya dejaría de darme la lata con lo mismo de siempre. ¿Ven? Otro fallo de mi madre, (de las demás no sé, no tengo el gusto de conocerlas). Al meternos ahí dentro, ese aceite nos irrita los ojos y al tenerlos tanto tiempo cerrados salimos de ahí como si no los hubieran pegado con "supeglue". Esta es su arma de doble filo para mantenernos callados durante unas semanas. Como no ves no tienes derecho a opinar: “Yo soy tu madre y punto, y harás lo que yo te diga”. La vida es muy cruel con los hijos.